La tarde estaba fría pero sin riesgo de lluvia. Estaba sólo y era el momento. Salí de casa bien abrigado y con la mirada puesta en ti, sólo en ti. Hacía tiempo, semanas, que no te veía y no podía esperar más. Te echaba de menos y necesitaba hablar contigo para contarte cosas, pedirte consejos, abrazarnos de la forma que sólo tú y yo sabemos, oler tu perfume con aromas de primavera, emocionarme una vez más con tu hermosura…

Concentrado en todo lo que tenía que decirte y andando bastante despistado me planto sin querer delante de tu antigua y humilde morada, creyendo aún que estabas ahí esperándome en la puerta como hace años. Creyendo aún que vivías junto a tu amplia familia y con la ilusión de que ésa fuera por siempre tu casa, nuestra futura casa. Fue allí donde te conocí siendo yo un crío de la mano de mi padre. ¡Qué cosas! Fue en esa casa dónde vivimos maravillosos y emocionantes recuerdos que nunca podré olvidar. Y sobre todo, fue allí, en tu antigua morada, donde te juré amor eterno un viernes de madrugada.

Con cierta melancolía y emocionado por los recuerdos vuelvo a retomar el camino hacia tu nueva casa. La calle Sol se hacía más larga de lo que era y el frío de la noche me obligó a abrocharme la chamarreta hasta arriba del todo. Las manos encontraron refugio en los bolsillos de los pantalones baqueros. Y de nuevo volvieron los recuerdos… la memoria de la calle por la que caminaba estaba repleta de preciosos momentos vividos juntos. Cada balcón, zaguán, me transmitían felicidad y mucho amor. No podía evitar pensar que por esa calle me hice mayor gracias a ti, a tu amor incondicional, tus consejos, tu apoyo. La calle Sol fue para ambos nuestro mejor encuentro, nuestra alegría. Ahora, ya nunca pasas por ella aunque yo siga incondicionalmente apostado en cada esquina de esa calle esperando volver a verte resplandeciente algún día por ahí.


Me serené un poco y continué andando camino de tu nueva casa. Tantos buenos recuerdos me habían hecho entrar en calor y más cuando me percaté que estaba acercándome a nuestro encuentro. Al llegar me impresionó, como siempre, tu nueva morada. Color sevillano en la fachada, elegancia, grandeza, belleza, pero por muchas cosas maravillosas que veía no era lo mismo, al menos para mí. Sin embargo, comprendí que este cambio era lo mejor para ti, apropiado para tu nueva familia y razonable para poder crecer espiritualmente.

Ya no estabas en la puerta esperándome, como hace años, así que decidí entrar algo nervioso. El zaguán se encontraba abierto y la puerta tan sólo había que empujarla en silencio. Una vez dentro, fue cuando por fin cruzamos nuestras miradas… No tuve que decir nada pues parecía que sabías que iba a llegar y sentí que tenía que acercarme más a ti. Caminé unos pocos metros, sorprendido por el lujo del interior de la casa y con la ilusión de estar a tu vera. “Yo también te añoro”, me dijiste bajito. Mis ojos se iluminaron y casi sin salirme la voz contesté: “Vaya como te ha cambiado la vida, sabía de tu nueva casa pero no imaginaba tanto lujo en detalles, la verdad. Aún recuerdo cuando nos conocimos y no tenías ni para poner flores en el zaguán… allí las cosas eran bien distinta. Pero en fin, como sabes, éste no es el motivo de mi visita”, comenté. “Lo sé, pero déjame decirte que esta nueva casa y su interior ha sido fruto del amor de muchos. En esta tierra tendemos a engalanar y dar lo mejor a quien más amamos, a nuestras parejas, hijos, amigos, madres, padres, sin percatarnos a veces en que somos excesivos en ofrendas”, acentuó. “Tienes toda la razón”, respondí y añadí yendo al grano: “El hecho de que te visite después de mucho tiempo sin hacerlo es porque quería darte las gracias por lo que tú sabes, además de pedirte que intercedas -gracias a tus numerosos contactos- para que el hermano de un amigo que está ingresado en un hospital sea tratado de la mejor forma posible y pronto esté en su casa con los suyos. Asimismo, quiero recordarte que te tengo presente cada día de mi vida, no sólo en mi mente sino hasta en cada rincón de mi casa en cientos de fotografías de aquellos años en los que vivimos más juntos… que no podré nunca olvidarte y que siempre seguirás siendo la luz que guía mi vida”. Fue cuando apareció en escena tu Madre, que se encontraba detrás tuya escuchando toda la conversación: “Tus palabras me llenan de orgullo, desde siempre supe que tu amor era verdadero, vete tranquilo pues esta familia nunca te olvidará y estará a tu lado en lo bueno y en lo malo. Además, dile a tu amigo que su hermano pronto saldrá del hospital”. Emocionado contesté: “Gracias Señora, sus palabras también me llenan de orgullo”.

Tras despedirnos, y después de charlar un buen rato, caminé hacia la salida y antes de abrir la puerta me giré, nos miramos por última vez y me persigné pidiéndote Salud para todos y, sobre todo, para volver a verte pronto, muy pronto: Mi Cristo de la Salud.

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